La inteligencia artificial escribe, pinta, compone e imita.
Lo hace con una precisión que asombra y con una frialdad que inquieta.
Hay en su destreza algo de prodigio y algo de amenaza: la sombra de un porvenir que no terminamos de comprender. Y, sin embargo, toda esa maquinaria portentosa depende —como cualquier artilugio doméstico— de un simple enchufe. Un detalle mínimo, casi ridículo, sostiene al monstruo.
Lo hace con una precisión que asombra y con una frialdad que inquieta.
Hay en su destreza algo de prodigio y algo de amenaza: la sombra de un porvenir que no terminamos de comprender. Y, sin embargo, toda esa maquinaria portentosa depende —como cualquier artilugio doméstico— de un simple enchufe. Un detalle mínimo, casi ridículo, sostiene al monstruo.
En esa contradicción —lo desmesurado sostenido por lo ínfimo— nace No desenchufar. IA trabajando. Veintinueve creadores de distintas ciudades del mundo se reúnen para mirar de frente este nuevo artefacto que hemos puesto en marcha, sin saber bien si será herramienta, compañera o verdugo. Desde el humor, la imagen y la crítica trazan un mapa de nuestras esperanzas y de nuestros temores.
Cada cartel es un interrogante lanzado al porvenir: celebración o advertencia, juego o presagio. Porque mientras la IA ya trabaja como si nada, lo que realmente importa no es solo qué haremos con ella…
sino, quizás, qué hará ella con nosotros.
sino, quizás, qué hará ella con nosotros.